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TOP 5 ESTA SEMANA

Todo lo que has vivido en un 100 Montaditos (aunque no lo recuerdes)

Hay sitios que no eliges. Acabas ahí. Un 100 Montaditos ha sido escenario de primeras citas, de resacas en construcción y de conversaciones que no recuerdas aunque sí recuerdas el olor. Este es el inventario.

Llegar antes que nadie para salvar la mesa

No es generosidad. Es cálculo. Sabías que si esperabais fuera, acabaríais de pie junto a la barra durante cuarenta minutos. Te adelantaste, pediste agua y mantuviste el territorio con la misma energía que un perro guardando el sofá. Nadie te lo agradeció.

La carta como experiencia espiritual

Cien opciones. Numeradas. Con foto en algunos casos. El formato invita a la deliberación, a la comparación, a la posibilidad de esta vez probar algo diferente. Pediste el número 17, el 23 y el 44. Los mismos de siempre. La carta es decorativa para ti desde 2009.

El camarero anotando números en un papel

El sistema de pedido por números debería ser infalible. Y sin embargo. Mientras el camarero garabatea en su bloc, tú mentalmente repasas: el 17, dos veces el 23, uno el 44, el 8 sin tomate. Rezas. No porque dudes del camarero. Dudas del proceso. Y de ti mismo, que ya no recuerdas si pediste el 8 o el 18.

La cerveza de 1€ que lo cambió todo

Había una época en que tenías 22 años, 40 euros para el resto del mes y la certeza de que algo tenía que ceder. 100 Montaditos cedió primero. Una caña, un montadito, menos de dos euros. El descubrimiento tuvo la misma intensidad emocional que aprender a hacer la declaración de la renta, pero al revés.

El que pide por todos sin preguntar

Está en todos los grupos. Lleva la carta diez segundos, levanta la vista y dice «venga, pedimos para compartir» mientras ya cuenta el número de personas. Nadie le ha dado ese poder. Lo ha tomado. Y lo peor es que suele acertar, lo que hace imposible quejarse.

Las bandejas que no caben en la mesa

Llega la primera bandeja y el espacio se reorganiza. Llega la segunda y empieza la ingeniería de emergencia: los vasos en fila india, el salero retirado, los codos recogidos. A la tercera bandeja, alguien tiene que sujetar algo en alto mientras otra persona se come el montadito de pie, casi. La mesa de 100 Montaditos no fue diseñada para la abundancia.

La tarjeta de fidelidad que llevas en la cartera desde 2011

Está ahí. Tiene cuatro sellos de los diez que necesitas. Los conseguiste en dos visitas seguidas en las que ibas con frecuencia y tenías intenciones. Luego la vida se interpuso. La tarjeta sigue. Ya no la sacas para usarla, la sacas cuando buscas otra cosa y piensas: un día de estos.

El momento de la cuenta y nadie tiene exacto

La cuenta llega. Es una cantidad razonable, divisible en teoría. En la práctica: uno solo tiene un billete de 50, otro paga con Bizum pero su móvil se queda sin batería a mitad de la transferencia, alguien debe dinero de la semana pasada que esto podría saldar, y la persona que bebió solo agua quiere pagar menos aunque haya comido lo mismo. Son doce euros por cabeza. Tardáis veinte minutos.

La primera cita en 100 Montaditos

Dice algo. Sobre ambos, sobre la situación, sobre el momento vital en que estabais. No es un juicio. Es una coordenada. Si fue bien, lo contáis con nostalgia y cierta ternura. Si fue mal, al menos la ruina fue barata. En cualquier caso, compartir la carta de 100 opciones en una primera cita es una prueba de carácter que pocas experiencias gastronómicas igualan. Como los tipos universales españoles, hay una taxonomía entera de personas según cómo se comportan eligiendo montaditos con alguien que acaban de conocer.

El de aeropuerto vs el de barrio

Son la misma cadena. La carta es idéntica. El precio no. En el aeropuerto, la cerveza de 1€ ha sufrido una transformación filosófica y ahora cuesta 3,50. El local huele igual. Los montaditos son los mismos. Pero te sientes diferente, como cuando ves una película que ya viste en casa pero en el cine de un aeropuerto a las siete de la mañana. Igual y completamente distinto.

El montadito que no hay

Lo has seleccionado. Eres fiel a él. Lo has defendido ante gente que no lo entendía. Cuando el camarero vuelve a decirte que ese no está disponible hoy, hay un segundo de incredulidad genuina seguido de una resignación que solo se aprende con los años. Pides el 17. El 17 siempre hay.

La mesa de al lado

Están celebrando algo. O simplemente son más ruidosos que vosotros, lo que en un 100 Montaditos es un logro considerable. No importa de qué hablan. Su volumen ha entrado en vuestra conversación sin invitación y ahora tenéis que elegir: elevar el tono también, o aceptar que esta noche la privacidad no existe. Siempre eleváis el tono.

El olor

No hay otro igual. Es una combinación específica de pan tostado, fritanga contenida, cerveza tirada y un componente indefinible que podría ser el aire acondicionado o podría ser la memoria. Entras en cualquier 100 Montaditos del país y el olor es idéntico. Es el mismo de cuando tenías 19 años. Algo en el cerebro lo registra antes de que proceses dónde estás. Como esos hábitos que todos tenemos y nadie admite, hay cosas que el tiempo no neutraliza.

La servilleta de papel

Absorbe el aceite del montadito hasta cierto punto. Luego el aceite gana. La servilleta se convierte en un objeto translúcido que has doblado cuatro veces intentando encontrar una superficie útil. Al final te limpias en otra servilleta. Coges tres más por precaución. Hay un dispensador en la mesa. Está lleno. Esto es lo que hace posible el sistema.

Darte cuenta de que llevas tres horas ahí

Entrasteis a comer. Eran las once de la mañana, o las dos de la tarde, o las ocho de la tarde. La primera ronda terminó. Pedisteis más. La conversación derivó hacia algún sitio que no recordaréis con exactitud. Cuando miras el reloj, han pasado tres horas. No es que el tiempo vuele. Es que 100 Montaditos tiene una gravedad particular que retiene sin que notes el tirón. Pedís otra ronda.

Postureo Español
Postureo Español
Desde 2013, poniendo nombre a lo que todos hacemos pero nadie admite. Postureo Español no es un bot; somos el equipo original que convirtió un tuit viral en un libro y un fenómeno cultural. Analizamos la actualidad, las redes y la vida moderna con la ironía necesaria para sobrevivir en Internet. Si está aquí, es que merece ser compartido. ¿Nuestro criterio? Si nos reímos, se publica.

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