Este miércoles ha pasado algo en la Iglesia que sonaba a culebrón medieval pero ocurrió en Suiza, se retransmitió por internet y se vendió vino de recuerdo. Se ordenaron cuatro obispos sin permiso del Papa. Todos quedaron excomulgados automáticamente. 15.000 personas viajaron hasta Écône para verlo en directo. Y si estás leyendo esto sin tener ni idea de quiénes son los lefebvrianos ni qué significa exactamente «cisma», este artículo es para ti.
Lo primero: ¿qué es un cisma?
Un cisma no es una herejía. Una herejía es negar una doctrina de la Iglesia. Un cisma es negarse a reconocer la autoridad del Papa. Seguir siendo católico, vaya, pero actuar como si el que manda en Roma no fuera el que manda.

En la Iglesia hay grados de cisma. Está el cisma de Oriente de 1054, que partió la cristiandad en dos y sigue sin resolverse casi mil años después. Y está lo de los lefebvrianos, que es más pequeño pero igual de sonado: ordenar obispos sin permiso del Papa, algo que el Código de Derecho Canónico castiga con excomunión automática. Que no es una maldición medieval, ojo. Es la expulsión formal de la Iglesia.
No es la primera vez que pasa con este grupo. En 1988 Marcel Lefebvre ordenó cuatro obispos sin mandato pontificio y Juan Pablo II los excomulgó a todos. Benedicto XVI levantó las excomuniones en 2009 como gesto de reconciliación, pero la Fraternidad nunca volvió a estar en regla. Ahora la historia se repite, y esta vez con streaming, pulseras cashless y vino conmemorativo.
Vale, ¿y quiénes son los lefebvrianos?
Los lefebvrianos (o Fraternidad Sacerdotal San Pío X, FSSPX, que suena más a organismo oficial) son un grupo de católicos ultraconservadores fundado en 1970 por el arzobispo francés Marcel Lefebvre. Su problema con la Iglesia oficial es que rechazan el Concilio Vaticano II, ese que entre 1962 y 1965 modernizó la Iglesia, permitió la misa en lenguas locales en lugar de latín y abrió el diálogo con otras confesiones.

Ellos quieren la misa en latín, de espaldas a los fieles, exactamente como se hacía antes del Concilio. Consideran que las reformas posteriores fueron un error y que la Iglesia perdió el norte. No son cuatro frikis con hisopo: tienen 733 sacerdotes, 264 seminaristas, unos 250 monjas repartidas en 70 países y cerca de medio millón de fieles. Tienen seminarios propios, iglesias propias, y hasta su propia jerarquía paralela.
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Lo de hoy: 4 obispos, 15.000 personas y un cisma en streaming
La ceremonia se celebró en Écône (Suiza), donde la Fraternidad tiene su seminario histórico, en un valle de los Alpes ante 15.000 personas. Presidieron Alfonso de Galarreta (español) y Bernard Fellay, los dos únicos obispos que quedaban de los ordenados por Lefebvre en 1988. De ahí las prisas: si no ordenaban ahora, se quedaban sin obispos y la sucesión se rompía.
Los cuatro nuevos obispos son Pascal Schreiber (suizo), Michael Goldade (estadounidense), Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier (franceses). Al recibir la ordenación sin mandato del Papa, incurrieron en excomunión automática. La ceremonia, oficiada en latín y de espaldas a los fieles (como marca el rito anterior al Concilio), se retransmitió en varios idiomas.

El Papa León XIV les había escrito una carta personal rogándoles que dieran marcha atrás. «Os lo ruego y os lo pido de todo corazón: dad marcha atrás», escribió el Pontífice. «Desgarrar la túnica inconsútil de Cristo constituye un pecado de extrema gravedad». No le hicieron caso. El superior general de los lefebvrianos, Davide Pagliarani, respondió en su homilía: «Nos consideran rebeldes, pero solo queremos servir a la Iglesia, como una madre en dificultad».
Lo más surrealista de todo es cómo montaron el evento. La Fraternidad organizó una concentración que no tenía nada que envidiar a un festival de música: hoteles concertados, aparcamientos reservables, pulseras cashless para pagar en los puestos de restauración y códigos QR por todas partes. Y por 81 euros, los asistentes podían llevarse la «Cuvée Écône 2026», una caja de cuatro botellas de vino (Pinot Noir, Syrah, Petit Arvine y Fendant) con etiquetas que muestran una mitra, un anillo, una cruz y un báculo episcopal. La modernidad solo se rechaza en el altar.
Mientras tanto, en Burgos: las monjas que también se fueron y ahora se enfrentan a 12 años
Si el cisma de los lefebvrianos suena a teología para entendidos, el caso de Belorado es más fácil de explicar. Las siete exmonjas clarisas que en 2024 anunciaron su ruptura con la Iglesia se enfrentan a una petición de 12 años de cárcel cada una por parte de la Fiscalía y la acusación particular. Los delitos: coacciones, trato denigrante, abandono, omisión de socorro a cinco religiosas mayores y delitos contra el patrimonio.
Los detalles del auto judicial son durísimos. Cuando la Guardia Civil entró en el monasterio de Orduña en diciembre de 2025 se encontraron a las monjas mayores viviendo en condiciones que los forenses describieron como «falta de higiene generalizada». En la celda de una de ellas había dos perros sobre la cama y restos de excrementos y orines. La cocina estaba sucia, la comida en estado de conservación dudoso. Una de las monjas mayores, de 89 años, ingresó en el hospital de Basurto con una infección respiratoria grave y falleció el 9 de enero de 2026.
Las acusadas se declaran «plenamente inocentes» y aseguran sentirse víctimas de «una caza de brujas como en la antigua Inquisición». La mayoría de las monjas mayores que estaban a su cargo tenían entre 87 y 101 años, todas con deterioro cognitivo en diversos grados.
Dos cismas, dos destinos muy distintos
El mismo día, a la misma hora, cuatro obispos lefebvrianos consumaban su cisma en Suiza entre vino conmemorativo de 81 euros y retransmisión por internet, mientras en un juzgado de Bilbao se abría la vía penal para siete mujeres que tomaron una decisión similar pero sin el respaldo de 733 sacerdotes y medio millón de fieles. Una historia es noticia por excomunión. La otra, por ingreso en prisión. Las dos hablan de lo mismo: gente que decidió que la autoridad de Roma no iba con ellos. Las consecuencias son muy distintas según el tamaño del paraguas con el que te cubras.



