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Bertha Benz se llevó el primer coche de la historia sin avisar y recorrió 106 kilómetros para demostrar que funcionaba

Su marido llevaba años intentando vender el primer coche de la historia sin que nadie le hiciera caso. Este 3 de julio se cumplen 140 años de la primera demostración pública de aquel trasto en Mannheim. Dos años después de aquel fracaso, Bertha Benz tomó una decisión insólita: llevárselo sin avisar y recorrer más de cien kilómetros para demostrar que funcionaba.

Dejó una nota y se largó

Una mañana de agosto de 1888, Bertha le dejó una nota a Karl en la mesa y empujó el Benz Patent-Motorwagen hasta la calle sin arrancarlo. No quería despertarlo. Cogió a sus dos hijos, Eugen de 15 años y Richard de 13, y cuando estuvieron lo bastante lejos encendió el motor y aceleró.

Destino: Pforzheim, a 106 kilómetros. Sin carretera asfaltada, sin mapa y sin gasolinera. Karl era la única persona autorizada para conducir aquel vehículo. Bertha no tenía ningún permiso. Sin pretenderlo, acababa de realizar el primer viaje de larga distancia en automóvil de la historia.

El primer coche de la historia no tenía depósito (ni gasolinera donde repostar)

El Benz Patent-Motorwagen apenas podía transportar combustible. Cuando se acababa la ligroína, el viaje se detenía. Y se acabó en Wiesloch. Bertha entró en la farmacia del pueblo y pidió tres litros de ligroína, un disolvente de limpieza que en 1888 hacía las veces de gasolina.

El farmacéutico, Willi Ockel, se convirtió sin saberlo en el primer gasolinero del mundo. La Stadt-Apotheke de Wiesloch sigue abierta hoy como museo y el propio ayuntamiento alemán la reconoce como «la primera gasolinera del mundo».

Bertha Benz conduciendo el primer coche de la historia

Lo arregló todo con un alfiler de sombrero y una liga

El viaje fue una cadena de averías que Bertha fue apañando con lo que llevaba puesto. Cuando el conducto de combustible se atascó, metió un alfiler del sombrero y lo desatascó. Cuando un cable de encendido se peló, lo aisló con la liga de la media.

Más adelante, los frenos de madera dijeron basta. Bertha paró en la zapatería de Bauschlott y el zapatero le clavó unas tiras de cuero sobre los bloques gastados. Aquello fue, técnicamente, el primer juego de pastillas de freno de la historia. En Bruchsal, un herrero tuvo que soldarle la cadena de transmisión. Cada vez que llegaban a una cuesta, los niños se bajaban a empujar. El motor no daba para más. Aquel coche parecía uno de esos objetos que no deberían existir.

Tres ruedas, 0,75 caballos y sin marcha atrás

Conviene imaginar el trasto. Parecía más un carruaje sin caballos que un coche moderno: tres ruedas, un timón central en vez de volante y cero marcha atrás. Si te pasabas de largo, te bajabas y lo empujabas hacia atrás a mano.

Velocidad punta: 16 kilómetros por hora. Una bicicleta de la época lo adelantaba sin despeinarse. El motor rendía 0,75 caballos. El de un utilitario actual ronda los 100. Se fabricaron unas 25 unidades entre 1886 y 1893. Precio original: 600 marcos imperiales, unos 4.000 euros de hoy. La patente la solicitó Karl el 29 de enero de 1886 y la Oficina Alemana de Patentes la conserva registrada.

Patente del primer coche de la historia
Patente del primer coche de la historia

Llegó a las 12 horas, mandó un telegrama y cambió la industria

Bertha llegó a Pforzheim al anochecer, después de más de doce horas de viaje. Le mandó un telegrama a Karl: «Hemos llegado». Al día siguiente volvió a Mannheim por una ruta distinta. Ida y vuelta: 194 kilómetros.

Cuando regresó, no solo trajo el coche de una pieza. Trajo una lista de mejoras: el motor necesitaba una tercera marcha para subir cuestas sin que los niños empujaran, y los frenos de madera no aguantaban un viaje largo. Ambas se incorporaron en los modelos siguientes.

Años después, Karl Benz reconoció: «Ella fue mucho más valiente que yo». Karl Benz inventó el primer coche de la historia. Bertha Benz convenció al mundo de que merecía la pena usarlo. Como tantos otros inventos que cambiaron el mundo, el automóvil necesitó algo más que un genio: necesitó que alguien se atreviera a demostrar que funcionaba.

Postureo Español
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